El servicio público, como muchas profesiones, requiere de grandes sacrificios, en particular cuando se tienen hijos. Que no se malentienda: para ser un buen servidor público se requiere responsabilidad, entrega y compromiso, es una vocación. Sin embargo, existe el reto de establecer políticas eficientes y factibles que privilegien equilibrar la vida profesional con la privada.
El reto es complejo. De acuerdo con el Inegi, el valor de las labores domésticas y de cuidados no remunerados fue de 8 billones de pesos, equivalente a 23.9 % del Producto Interno Bruto; a lo que las mujeres contribuyeron con 72.6 % y los hombres con 27.4 %.
La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (Ensic) 2022 muestra que 75.1 % de quienes brindan cuidados fueron mujeres y 24.9 % hombres.
En cuanto a horas a la semana en labores de cuidados, las mujeres dedicaron, en promedio, 37.9 y los hombres, 25.6. Más de 90 % de las personas cuidadoras principales de niñas, niños y adolescentes es mujer.
Estos números reflejan una desigualdad persistente. Aunque actualmente existan modelos de masculinidad dentro del hogar más comprometidos y presentes, aún permanecen formas de paternidad relacionadas con una masculinidad hegemónica y tradicional.
Los hombres de la generación pasada están en un proceso de comprender que una sociedad igualitaria e inclusiva beneficia a ellos y a las mujeres.
Se sabe que cuando las mujeres cuentan con una pareja que de manera corresponsable se hace cargo de las labores domésticas y del cuidado de la familia, el «piso pegajoso» que les impide llegar a puestos directivos se atenúa.
Hay que estar conscientes de que al ser padres involucrados en la crianza pueden ayudar a transformar las ideas machistas sobre las relaciones de género y a que la niñez crezca en un mundo más igualitario.
No obstante, promover paternidades implicadas no puede dejarse únicamente al fuero de los hogares. Las instituciones deben concientizar sobre el impacto positivo de cuidar y educar colaborativamente entre hombres y mujeres.
El Estado debe redoblar esfuerzos para generar políticas que permitan la conciliación de la vida laboral y familiar; con ello, incentivar madres y padres corresponsables y, a su vez, contribuir a la construcción de un país más igualitario.
Hay que estar conscientes que, como cualquier cambio cultural e institucional, este tomará tiempo, pero se va por buen camino, solo habrá que acelerar el proceso, porque la niñez no puede esperar. La paternidad corresponsable es ahora.












