Mucho antes de que los algoritmos empezaran a decidir qué ver, qué comprar o qué información consumir, Stanisaw Lem advirtió que la tecnología podía terminar siguiendo reglas propias.
En su obra “Summa Technologiae” (1964), el pensador polaco imaginó la “fantomática”, antecedente de la realidad virtual, y reflexionó sobre la posibilidad de los intelectos sintéticos.
No le preocupaba una rebelión de las máquinas, sino algo más difícil de contener, esto es, que la propia evolución de la tecnología terminara rebasando la capacidad humana para dirigirla. Seis décadas después, con la inteligencia artificial (IA), se convierte en preocupación.
La innovación avanza a una velocidad que los Estados difícilmente pueden seguir, de tal manera que las decisiones que inciden en el trabajo, la información y la vida pública pasan por sistemas que no siempre comprendemos del todo. Y, más allá de lo que la IA puede hacer, el problema es también quién establece las reglas para decidir cómo debe utilizarse.
Durante la Semana de Alto Nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que se desarrolla en Nueva York, la gobernanza de la IA forma parte de una conversación internacional cada vez más urgente.
La ONU ya puso en marcha el Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA, precisamente para discutir cómo lograr que dicha tecnología beneficie de manera justa a todos los países del orbe y no quede determinada únicamente por quienes concentran su desarrollo.
México no puede permanecer al margen. La presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que el país debe discutir la regulación de la IA y que existen ámbitos en los que tienen que establecerse reglas.
Con esto no se pretende censurar, se busca abrir una discusión pública sobre los efectos que dichas tecnologías ya tienen en la sociedad actual. De ahí que en el Congreso figure este tema como una prioridad en la agenda legislativa.
México tiene derecho a establecer las condiciones bajo las cuales la IA se incorpora a la vida nacional, priorizando el bienestar del pueblo. Eso exige entender que la regulación no puede limitarse a poner obstáculos; también debe abrir oportunidades.
Es apremiante que el futuro digital no sea diseñado solamente por quienes tienen la capacidad tecnológica para hacerlo. También debe construirse con la participación de los pueblos, con derechos protegidos y con gobiernos capaces de exigir cuentas. La IA ya está transformando el mundo; lo que todavía está en nuestras manos es decidir las reglas que se quieren para vivir con ella.












